La miseria de dos niños
Estaban dos niños miserables, con la mirada perdida, sentados esperando alguna cosa. Llevaban así ya tres horas. Esperaban sin frustración, ya vencidos por el hambre. Aguardaban absortos en sus pensamientos. La verdad es que no esperaban nada en absoluto o por lo menos ellos no sabían exactamente qué estaban aguardando. Puede que esperasen misericordia, un milagro que les sacase del fatal infierno en que vivían. Los dos llevaban una sucia ropa, pegada a su cuerpo, rota casi del todo. Se veía el hambre reflejada, pegada a su triste mirada. Ya tenían 10 años, pero parecían tener mucho menos. Parecían esqueletos flotantes esperando por su entierro. Detrás de su piel se prevé unos delgados huesos, que por falta de carne, parecían como bastoncillos articulados. Estaban ya como muertos. Morían en cada segundo, en cada instante, en cada momento que pasaba. Ya levaban días, meses luchando contra la inevitable muerte. Ésta parecía divertirse en la lucha y no quería vencer rápido. Quería esperar, dejar pasar el tiempo, arrastrarlos poco a poco hacia su cruel destino. Al principio no se resignaban, pero ahora ya han dado la mano a su destino, esperando que termine lo más pronto posible.
Después de dos horas más, llegó un viejo hombre, rendido más bien por el hambre y el cansancio que por su muy avanzada edad. Parecía más miserable aún que ellos, pero “sonreía” esperanzado. Uno de los niños se levantó y corrió casi tropezando siempre, por falta de fuerza, a recibir el hombre. El otro solo pudo girar la mirada. Contempló a su padre, moribundo y desgraciado. Observó que esta vez tampoco traía nada. Sonrió irónicamente y felicitó a la muerte por la lucha que está a punto de vencer.
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